«En cualquier campo de Golf de nuestras islas, encontrarás lugares incríblemente bellos»

José Royo. Director de golfencanarias.com

Golf amateur frente a golf profesional. ¿Similitudes? ¿Diferencias? ¿Algo que copiar? Nuestro Coach Mental de referencia Francisco González, en este post compara ambos mundos y nos da unas claves .

Esperamos que os guste.


El golf amateur no debería imitar al golf profesional. Por Francisco González.

El golf es uno de los pocos deportes que puede practicarse desde la infancia hasta la vejez. La Organización Mundial de la Salud ha reconocido sus beneficios para la salud física y mental, y cualquiera que lo practique sabe que también es una escuela de relaciones además de fomentar el respeto, la tolerancia y la convivencia. En muchas familias, incluso, es el hilo invisible que las mantiene unidas.

Pero hay algo en la cultura del golf amateur que merece una reflexión.

Un mundo de millones que mira a unos pocos miles

En el planeta hay entre 66 y 70 millones de golfistas que juegan en campos de forma tradicional. Si sumamos los formatos alternativos (simuladores, Topgolf, campos de prácticas, etc.) la cifra supera los 100 millones de personas. Frente a ellos, se estima que existen entre 35.000 y 50.000 profesionales activos en todo el mundo. Sólo unos pocos compiten en circuitos de relevancia: el PGA Tour, DP World Tour, LIV, LPGA, LET, Asian Tour, Challenge Tour o el Alps Tour, entre otros.

Esto significa que los profesionales representan, como mucho, entre el 0,03 y el 0,05% de todos los jugadores de golf del planeta y, sin embargo, sobre ese 0,03 o 0,05% se establecen las normas y comportamientos del juego para todos los demás.

El modelo equivocado

La instrucción al amateur se orienta a enseñar e imitar el swing de los profesionales. Los contenidos en YouTube, TikTok, Instagram o los blogs especializados muestran y analizan el swing de los profesionales. La industria vende los productos que usan los profesionales. Las competiciones amateurs se organizan a imagen y semejanza de las profesionales. Y el nivel personal de juego se mide casi exclusivamente a través de resultados competitivos, como si fuera el único baremo válido.

Durante décadas, el golf amateur ha mirado al profesional no sólo con admiración, algo perfectamente comprensible, sino como el único modelo posible a seguir y… eso es un problema.

Porque el golf profesional y el golf amateur son mundos radicalmente distintos. Lo que funciona para alguien cuyo trabajo, identidad e ingresos dependen del resultado no tiene por qué ser el camino correcto para quien juega los fines de semana buscando algo más difícil de medir: disfrutar, crecer, conectar consigo mismo.

Competitividad y competición no son lo mismo

Aquí está, en mi opinión, la confusión más importante que arrastra el golf amateur.

La competitividad se orienta hacia dentro: es el deseo de mejorar constantemente, de superarse, de dar lo mejor de uno mismo independientemente del marcador.

La competición se orienta hacia fuera: es el resultado frente al otro, ganar o perder.

Ambas pueden coexistir y la competición no es necesariamente negativa. Puede ser un extraordinario instrumento de crecimiento personal cuando el resultado no eclipsa el proceso. La competición es saludable cuando está subordinada al desarrollo personal, no cuando se convierte en una obsesión por el resultado.

Los problemas surgen cuando el amateur adopta la lógica del profesional, donde el resultado lo es todo, olvidando que él juega en un contexto completamente diferente, con motivaciones distintas y con mucho más en juego que un cheque o un ranking.

El hándicap: herramienta o identidad

El hándicap es uno de los grandes inventos del golf pues permite que jugadores de distintos niveles compitan en igualdad de condiciones y fomenta la inclusión. En verdad es una herramienta extraordinaria, pero puede convertirse en una trampa.

Muchos amateurs terminan asociando su valor como jugadores, e incluso su valía personal, a un número y así el hándicap deja de ser un indicador funcional y se convierte en una etiqueta identitaria. Cuando eso ocurre cada ronda se convierte en un examen, cada bogey en una pequeña crisis de autoestima, cada error en una feroz y dramática autocrítica y entonces el respeto, la tolerancia y la convivencia se deterioran.

El adversario principal en el golf amateur no suele estar enfrente ni al lado. Está dentro de uno mismo.

Jugar al golf para crecer

El amateur puede aspirar a la excelencia sin quedar atrapado por la lógica del rendimiento profesional. En una época obsesionada con métricas, datos, resultados y comparación constante, esto podría ser, paradójicamente, una fortaleza.

El golf amateur tiene algo que el profesional no puede permitirse: libertad. Libertad para jugar sin que el resultado decida el valor personal. Libertad para disfrutar del proceso. Libertad para disfrutar con la compañía de otros. Libertad para usar cada ronda como una conversación con uno mismo.

Entendido así, el golf amateur no es una versión reducida o inferior del golf profesional. Es otra cosa. Es una escuela de carácter, una práctica de atención, un entrenamiento emocional, una experiencia para el crecimiento.

El amateur no fracasa por no jugar como un profesional. Fracasa cuando olvida por qué empezó a jugar.

Así que la pregunta que le propongo llevar al campo la próxima vez que salga no es «¿cuántos golpes voy a hacer hoy?». Es algo más interesante: ¿para qué juego yo al golf?

La respuesta a esa pregunta lo cambia todo.

Hasta la próxima.

Francisco González
www.golfmentalcoaching.com

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